Grandes y pequeños han convivido desde el principio. Pero nosotros, siendo todos iguales, convivimos en la cultura, una superestructura de la naturaleza que aún crece hoy. En ella, estamos envueltos de etiquetas. Juzgamos todo el tiempo. Nos sobresaltan. Son dolorosas e injustas, insuficientes. Distorsionan nuestra humanidad. Nos trastornan. Nos obligan a hacer lo que no queremos. Nos alejan de nuestros verdaderos ideales. No nos hemos librado de ellas. La vista cae o se eleva. Y se acostumbra. Se adormece en su contemplación.
Usamos nuestros cuerpos. Son la envoltura dependiente. La profundidad es difícil. La plenitud. No vemos las cosas en su esencia, sin variar. Las vemos en el movimiento del que participamos por dentro. Hay inquietud en lo vivificante. Jóvenes o viejos, usamos lo exterior para sobrevivir, para ser aceptados. Un juez sólo necesita la verdad. Todos somos jueces ahora.
Decidir es totalizar. Acabar. Sentenciar. Usamos nuestros cuerpos sólo para la belleza. Pero todos, grandes y pequeños, nos quedamos ansiosos. Inquietos. Incapaces de cambiar. No queremos ser mal juzgados. En este punto empieza la verdadera humanidad. La verdadera igualdad. La entrega a la propia esencia. Sólo hiere la verdad en lo más vivo.
Decidir es totalizar. Acabar. Sentenciar. Usamos nuestros cuerpos sólo para la belleza. Pero todos, grandes y pequeños, nos quedamos ansiosos. Inquietos. Incapaces de cambiar. No queremos ser mal juzgados. En este punto empieza la verdadera humanidad. La verdadera igualdad. La entrega a la propia esencia. Sólo hiere la verdad en lo más vivo.
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