sábado, 6 de agosto de 2016

La guerra


La guerra es la miseria. La necesidad. La competición. La anarquía. En la guerra, no hay leyes para la convivencia. Como teórico, puedo decir lo que quiera. Pero la práctica de los problemas reales invalidaría en un segundo mis fantasías, si no hablase con justicia.

En un tiempo no muy lejano, no hubiese considerado tantas monstruosidades como ahora lo hago, de las que sólo me separa una especie de piedad que no he terminado de conocer. Una misteriosa sensibilidad. Un detalle elemental. Como si me salvara milagrosamente de un abismo infinito e incomprensible, elevándome sutilmente a la virtud de entre mis semejantes, sin merecerlo en absoluto. Empujar hacia abajo es lo mismo que apartar a los lados. Es tener menos ventaja. 

Caín no supo que iba perdiendo hasta que no sintió envidia, la envidia del perdedor. La marca. La caída es dolorosa, pero la recaída lo es más aún. La realidad nos hace a todos teóricos y perdedores. A todos los que pensamos, los que aspiramos a la verdadera libertad. A la verdadera belleza. El arte tiene sus reglas. 

Los problemas reales son problemas individuales. Acercarse al bien es hacer lo correcto. Darle la cara. Sabemos con exactitud y sin excusa lo que es alejarse de él. La oportunidad de vivir dictamina que sólo lo severo es de fiar. La severidad de las costumbres. El pan de cada día. El que se recibe por cabeza. Todo se lo debemos a la vida. 

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