Me preocupa la vida humana en su totalidad. Su naturaleza y su sentido. Su destino, si es que lo tiene. Lo que sucede en el espíritu de todos los hombres, los de antes, los de ahora y los de después. Su amor natural por la filosofía y los buenos discursos y pensamientos. Por la justicia y el orden social, la civilización. Por los demás hombres. Por el arte y la ciencia, la inquietud de su cultura. Por el misterio de la muerte, el mayor desafío de todos. El sacrificio. Pues la muerte es una fase esencial de la vida. Por eso es, a todas luces, una cuestión capital. La muerte prueba la vida misma. Su valor, su totalidad. Su límite.
Ante todo, por la sacudida de la intemperancia, que es la pobreza de modales, la falta de educación que todos padecemos, incluso los más doctos, pues las virtudes que se tornan en vicios no eran tan estimables. Por las reglas que no conoce, porque todavía las persigue con entusiasmo, aunque su ánimo decaiga y su vulnerabilidad le precipite hacia el mundo, siendo ésta su mismo cuerpo, el principio de su propia conciencia. De su difícil travesía hacia el deber.
Todas las palabras van acompañadas de una vida, como el aliento lo está de la boca. Si hago pensar, reflexionar, hago bien. Si lo hago con buena intención, con el corazón completo, hago doblemente bien. Estar seguro es lo contrario de saber. La tortura interior es autosuficiente. Tu solemnidad aún no es sincera del todo. Creo que tu respuesta es bien imitada, pero no bien comprendida. Por eso me produce tanta extrañeza. Tienes la voluntad, pero te falta la fuerza, la firmeza, todavía. Te estás preparando y aún no sabes bien para qué. Suficientemente bien.
La comodidad e inmediatez de esta posición es la de los indoctos. No tienen lazos ni compromisos con nadie, pero pueden opinar sobre todo, si se sienten afectados. Esto demuestra que hace falta muy poco para opinar y que ningún conocimiento que esté a nuestro alcance, si tiene relación con la apariencia, es infalible. Una teoría que no se puede llevar a la práctica es doblemente mala, por la torpeza de su apariencia inicial. Ser desconfiado es amar en exceso la confianza. Es, en una palabra, estar limitado por la naturaleza. La naturaleza es energía ordenada que parece desordenada. O puede llegar a parecerlo.
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