Omito mi condición actual. El éxito evidente de otros en las relaciones comerciales, materiales. Mi falta de erudición y disciplina en áreas aparentemente críticas, aún hoy. Ostracismo es pereza, declinación. Mi capricho me persigue por dentro como aliento de vida. Como su recuerdo. Los idólatras aspiran a ser ídolos.
Omito las recaídas emocionales. Las persecuciones hasta el absurdo. Las viejas manías y costumbres, que crecieron desde la infancia, imbuidas de fantasía. La fantasía es siempre infantil. Los que digan que no han sido poseídos por ella, que no lo están, cuando menos lo esperan, procurando evitarlo, mienten con toda seguridad. Porque así somos los humanos, vulnerables a la fantasía, como los niños. Es la mancha dulce e irresistible de todas las edades. Agitadora de vida.
Omito la desesperación, como una amenaza insuperable por dentro, ya que llega y maltrata la paciencia. La penitencia. La explota, la viola. Finalmente la extingue, por un tiempo. No se sabe cuánto, hasta que reaparece. Desde lo más bajo, tendrán que aceptarme los que mandan. Aunque me desprecien. Porque mi voz surge de mi garganta, sea o no un sepulcro vacío, como pretenden algunos e incluso yo mismo, en ocasiones. Sí. Estas son mis omisiones ahora. A ellas me remito, como a críticas que soy incapaz de ocultar, de no señalar.
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