martes, 2 de agosto de 2016

Orgía de palabras


Mi vida personal es la definición de la relevancia. A veces, pienso que somos los restos de una generación que dejó de creer en todo. Como si todos hubiéramos nacidos desnudos por dentro y no existiera ningún vestido para ello, salvo las ilusiones, las fantasías. Mudables y fugaces como el tiempo. El terreno de lo irracional. Del exceso, que es la raíz de todos los sentimientos verdaderos. La penumbra de las pasiones humanas. 

Yo nací en la ignorancia, pero no en el error. Aún recuerdo con claridad la familiaridad continua de los lugares y personas, de los momentos. Todo conformaba la unidad y apenas algunas alteraciones formarían mi personalidad, mi socialización natural, por llamarlo de alguna manera. Pero estoy hablando demasiado. Demasiadas palabras. 

Disparo una flecha de sueños sinceros y confío en que nuestra ociosidad podrá elevarme a algún pedestal injusto donde entregarme a mi vieja pereza, una especie de dulce muerte cotidiana que no he podido resistir desde que recuerdo. Como si los demás me hubieran estado arrastrando permanentemente hacia delante y yo hubiese estado casi completamente ausente. Me lo han dicho muchas veces y yo mismo lo he notado. Por eso he debido acabar así. No he cambiado en el fondo. 

La envidia es la desigualdad, la imagen, la quimera de la desigualdad. La negación profunda de su irrupción se convierte en cólera, en destrucción. Esto lo creo con vehemencia, pero callo por temor. De todos modos, pocos escuchan mi voz y la que yo mismo escucho apenas me convence. Como si estuviese vestido de un muerto o alguien que no soy en realidad, sino que aún tengo que soportar. Una carga misteriosa la de la humanidad misma. Una transformación fatalmente tardía. 

Me desvío a drede para explayarme. Para desahogarme. Es también una forma de ser. Quizá no tan honrosa como otras, pero hay que reconocer su existencia, pues está sucediendo realmente. Como las palabras son trampas, debemos tener cuidado con ellas. No vaya a ser que demos a entender lo que no queremos decir. Es un juego que no puede cambiar sus reglas, pero que las afronta con esa fresca y joven arrogancia inmortal. El desorden vivificante que se convierte en alivio después de su ofensa inicial, porque no deja de ser parte esencial del espíritu de los hombres. 

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