martes, 29 de octubre de 2024

Contar al mundo mi dolor

 

Hace unas semanas me han echado del trabajo. No era cualquier trabajo. Era un trabajo en el que había puesto una especial ilusión. Conseguí trabajo de lo que quise hacer durante más tiempo, que creía que tenía algún sentido para mí, más allá de la transacción económica. Iba a ser profesor de filosofía. 

Desde hace mucho tiempo, me pareció que era el único trabajo que tenía sentido para mí, que tenía verdadero valor, no siendo los otros para mí más que insignificancias, por decirlo así (sé que no es así, que es una impresión). 

Me destrozó. Es demasiado reciente. Me ha dejado completamente anulado. Más de lo que imaginaba que podría dejarme. No sé si es que no quise o no pude ver las señales, pero todo lo que ha girado entorno al despido me ha dejado lleno de incertidumbre, de frustración, de pena y, por qué no decirlo, también de ira. 

No he sido capaz de soportar la injusticia. Quizá escribir esto aquí no cambie nada. Pensé que tenía que decírselo a alguien. Ha sido demasiado real. Tampoco sé si lo publicaré todavía. No creo que nadie más lo lea. No habría por qué. 

No estaba preparado para lo que pasó. Fue tan rápido. Se trata de un colegio privado que yo elegí. Que elegí sobre otros, en el que confié. Mi primer trabajo como profesor. Se espera que pueda cometer errores. No pido que nadie me perdone la vida ni sean tan condescendientes conmigo. Hubiera estado bien algo de humanidad. De verdadera empatía. Lo que hubo fue una jauría de lobos que atacó toda a una al final. La vida misma. La realidad que nadie querría afrontar nunca. 

Pensé, como tantas veces uno peca de creer, que otros serían como yo. Que estaba en un lugar amable. Que era mi sitio. Que era cuestión de tiempo que las dificultades cedieran y no fue así. Todo salió mal. 

No me dijeron las cosas con claridad. Vengo de trabajar muchos años fuera. Cuando haces algo mal, lo normal es informarte de manera clara y precisa sobre tus errores para que dejes de cometerlos. Es lo que esperaba. Colaboración. Nada más que eso. 

Pero fueron las vaguedades, la ignorancia y la malicia lo que me fue perdiendo, sin yo darme cuenta de lo que estaba pasando. Me lo dijeron en el mismo día, a mitad del día. Ya no trabajaba allí. Firmé un papel y se acabó. El acoso duró poco menos de cinco minutos. Como si nunca hubiera trabajado allí. Ya se libraron de mí. Ya no van a tener que sufrirme nunca más. 

No tendría fuerzas para volver a pisar ese colegio. La humillación que sentí, la vergüenza, la miseria que sentí, no se la deseo a la persona que me haya hecho más daño de allí ni a nadie, joven o adulto. Sea quien sea. Nunca voy a saber la verdad. Nadie me la va a decir. 

Si fueron las estúpidas redes sociales, que tanto daño han hecho y harán a la sociedad, si fueron los padres, los alumnos, los compañeros o todos a la vez. Nunca lo voy a saber. Me han destrozado la moral y la carrera por un precio muy pequeño. 

No quiero dar más pena de la que corresponda. Ya el solo hecho de escribir aquí muestra debilidad. Pero ha sido demasiado. Ha sido demasiado. 

Creo en mis capacidades, pero se han visto mermadas como no esperaba verlas en lo que llevo preparándome para ser profesor. No puedo culpar a la sociedad, ni a los tiempos que vivimos. 

Culpo a los responsables de deshacerse de mí, de tomar la decisión. Me sentí parte del equipo. Sentí que todos remábamos a una, que podía mejorar con ellos. Incluso ayudar a otros. Y ya tenía la batalla perdida de antemano. 

Me han informado de que esta es la práctica normal en sitios así, aunque este se lleve la palma. No es que me consuele demasiado. El daño está hecho. Quisiera creer, de veras, que una injusticia es para siempre y que la han hecho ellos para cargarla en sus conciencias. Pero ya no estoy tan seguro. 

Como tampoco de si es mejor sufrir una injusticia que cometrla. Nadie quiere perder su trabajo ni que le echen. Quiere poder elegir. Tener opciones. La vida es mucho más dura. 

¿Cuál es nuestro sitio? Fue culpa mía tratar a los demás como esperaba ser tratado yo. No sabía dónde me estaba metiendo. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué es lo que me han hecho y por qué?

Estpu hablando solo. Estoy va a acompañarme siempre. No sé lo que va a pasar. Cuáles son mis opciones. Si soy demasiado incapaz para dedicarme a esto. Si no era mi sitio ni el momento. O si el problema realmente, como siempre, soy yo. Mi soberbia y mi incapacidad para reconocer los hechos. 

Creí que estaba haciendo un buen trabajo. Suficientemente bueno. Con tiempo. Que mi supervisor me ayudaría de verdad. Mis compañeros. Los que sabían lo que estaba pasando. Que si buscaban a otro me informarían con más tiempo. Que serían justos conmigo. Que no mentirían ni ocultarían la verdad. 

Estaba equivocado. No fue lo que pasó. Siempre lo voy a llevar por dentro. Siempre me habrán hecho esto. Confié en ellos para que destrozaran mi carrera al principio. Nada más empezar. Porque no valía la pena. Porque otro debía ocupar mi puesto ya. Fuera quien fuera. Fui un error que había que subsanar de inmediato. No soy una persona. Soy una mala decisión económica. Una incomodidad de uno o varios con mucho más poder que yo, que jamás dieron la cara. Que nunca voy a conocer realmente. 

miércoles, 31 de enero de 2024

La partida

 

El valor de los buenos

Quizá tuviera siete u ocho años. No había terminado la primaria. En un ejercicio de clase, nos encargaron describir en el papel a un familiar que admirásemos mucho, como el que quisiéramos ser. 

Siendo yo tan pequeño, es raro haberlo tenido tan claro desde el principio. Sólo podía pensar en mi tío Ricardo. Tengo este recuerdo fresco en mi memoria. Lo que me venía a la mente era, como lo es siempre para mí, su imagen de vitalidad, desafiante y orgullosa, como la de una deidad olímpica, que no conoce la muerte. Que sólo da golpes certeros y heroicos, en el momento justo. Es como quiero recordarlo. 

A medida que crecía, pude ir descubriendo en nuestros encuentros que no me había equivocado con él. Su firmeza, su claridad de ideas y su vocación de servicio, de mantener a la familia unida y en contacto, de dar buena imagen (y de mantenerla) me cautivaban. Su inflexible optimismo. Su coraje. Son virtudes que a mí me gustaría imitar porque las vi en gente como él. Las viví a su sombra, esforzándome por copiar cada detalle, cada gesto. Porque valía la pena. Porque es lo correcto. 

Si existe un destino del que todos formamos parte, me sorprendería, me repugnaría que no estuviese marcado a trazos, como a través de símbolos y señales, por gente como él. El valor se prueba. Marca la diferencia. No sólo de vez en cuándo, sino siempre. Porque es lo que hay que hacer. Lo que hacen los valientes. No se puede acabar con la dignidad humana. Todos los intentos fracasan. Y la dignidad humana es la esperanza en el valor. El esfuerzo cotidiano por alcanzarlo. La excelencia está en el esfuerzo por lo que es justo. Porque es justo. 

Algo en nosotros es distinto. Todavía me cuesta creerlo, pero el escepticismo no me lo arrebata del todo. Ni el cansancio de los días. Ni la insistencia del tiempo humano que se acorta. Es el valor. Creo en el valor y la firmeza de los buenos. Prefiero creer que esa es la verdad. La vida humana que vale la pena vivir. La vida correcta. 

Nuestra vida está llena de absurdo, de vacío. De momentos que son incomprensibles y amargos, por más vueltas que se le den. La mortalidad es algo que no comprendemos. Que, siendo como nosotros, no deja de parecernos el mayor misterio. Extraño, a pesar de irreversible. Ahí es donde veo brillar la verdadera grandeza humana. 

Creo que los buenos no nos dejan del todo. Que continúan en los demás y no dejan de aportar con su ejemplo. Con su elección. Que llegan más lejos por su valor. Su vida es su regalo. Nos mantienen unidos y avanzando. Nos inspiran y nos confortan. Están siempre a nuestro lado. En los mejores y en los peores momentos. 

Para siempre.