miércoles, 31 de enero de 2024

La partida

 

El valor de los buenos

Quizá tuviera siete u ocho años. No había terminado la primaria. En un ejercicio de clase, nos encargaron describir en el papel a un familiar que admirásemos mucho, como el que quisiéramos ser. 

Siendo yo tan pequeño, es raro haberlo tenido tan claro desde el principio. Sólo podía pensar en mi tío Ricardo. Tengo este recuerdo fresco en mi memoria. Lo que me venía a la mente era, como lo es siempre para mí, su imagen de vitalidad, desafiante y orgullosa, como la de una deidad olímpica, que no conoce la muerte. Que sólo da golpes certeros y heroicos, en el momento justo. Es como quiero recordarlo. 

A medida que crecía, pude ir descubriendo en nuestros encuentros que no me había equivocado con él. Su firmeza, su claridad de ideas y su vocación de servicio, de mantener a la familia unida y en contacto, de dar buena imagen (y de mantenerla) me cautivaban. Su inflexible optimismo. Su coraje. Son virtudes que a mí me gustaría imitar porque las vi en gente como él. Las viví a su sombra, esforzándome por copiar cada detalle, cada gesto. Porque valía la pena. Porque es lo correcto. 

Si existe un destino del que todos formamos parte, me sorprendería, me repugnaría que no estuviese marcado a trazos, como a través de símbolos y señales, por gente como él. El valor se prueba. Marca la diferencia. No sólo de vez en cuándo, sino siempre. Porque es lo que hay que hacer. Lo que hacen los valientes. No se puede acabar con la dignidad humana. Todos los intentos fracasan. Y la dignidad humana es la esperanza en el valor. El esfuerzo cotidiano por alcanzarlo. La excelencia está en el esfuerzo por lo que es justo. Porque es justo. 

Algo en nosotros es distinto. Todavía me cuesta creerlo, pero el escepticismo no me lo arrebata del todo. Ni el cansancio de los días. Ni la insistencia del tiempo humano que se acorta. Es el valor. Creo en el valor y la firmeza de los buenos. Prefiero creer que esa es la verdad. La vida humana que vale la pena vivir. La vida correcta. 

Nuestra vida está llena de absurdo, de vacío. De momentos que son incomprensibles y amargos, por más vueltas que se le den. La mortalidad es algo que no comprendemos. Que, siendo como nosotros, no deja de parecernos el mayor misterio. Extraño, a pesar de irreversible. Ahí es donde veo brillar la verdadera grandeza humana. 

Creo que los buenos no nos dejan del todo. Que continúan en los demás y no dejan de aportar con su ejemplo. Con su elección. Que llegan más lejos por su valor. Su vida es su regalo. Nos mantienen unidos y avanzando. Nos inspiran y nos confortan. Están siempre a nuestro lado. En los mejores y en los peores momentos. 

Para siempre. 





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