lunes, 8 de agosto de 2016

El hombre


El hombre es el compañero invisible. El concepto. La idea de hombre. Como todo lo particular, me causa gran curiosidad y escepticismo. Desconcierto. Como si estuviese en movimiento permanente o yo lo estuviera, mientras lo estoy conociendo. Mientras nace para mí. Una línea imaginaria une las dos partes del mundo. Sólo una a la vez. El hombre es la historia. Produce pensamientos en mí. Me mantiene en movimiento hacia delante. Un movimiento interno, real. Vivo. Lo visible es lo externo. El mundo también nace para el hombre cuando existe. Es el retorno de la unidad. De la totalidad. 

Naturalmente, necesito explicarme. Explicar es recrearse. Mi guerra no es contra los hombres, sino contra el hombre mismo, tal y como es. Desnudo por dentro. Desnudo y completo. Sólo contra él. Pensar es hacerlo contra uno mismo. La postura que se adopta es más importante que la que se encuentra. Produzco discursos.

Lo que más me preocupa es ser coherente conmigo mismo. Con la profundidad de mi pensamiento. Pasar de la postura equivocada a la acertada. Llegar, no pasarse. Apuntar y acertar, por fin. Estudiar a fondo la ciencia verdadera. Recrearme y perderme en ella para siempre. Como el que ha encontrado el néctar o el éxtasis inagotable, casi totalmente fuera de este mundo. Lejos. Insuperable. 

El tesoro del hombre está en su interior. La armonía entre su pasión y su razón. Suya, realmente. De lo visible y lo invisible. El punto que lo hace todo. Que conecta las dos esferas. No es el tirano incómodo que se escapa de vez en cuando. Como una espina repentina. La parte que todos despreciamos. Los hombres sensatos son serios. Tomarse la vida en serio es bueno. Tomársela demasiado en serio es malo. 

El hombre es igual a sí mismo. Es el prisionero que desea ser liberado, enamorado y llamado de su humanidad celestial. Está enterrado en el mundo. Frío y oscuro. Violento, cambiante, volátil. Indefinible. Visceralmente rapaz, engañoso. Temible. Difícil de manejar. Imposible de dominar. La bajeza del alma hunde sus raíces en lo físico. Desea ser arrancada por Dios. Unirse y fundirse con Él. Relación de belleza perfecta. Unirse para ser más. Criatura anhelante que conoce su deseo completo, sin defecto. Sin poder mirar a otro lado. Los superhombres duran poco en la fantasía. El deseo nos obliga a reconocer nuestra debilidad.

Huye hacia arriba. Abajo está la miseria, la confusión. Lo indistinto. Los furiosos demonios, que son muchos. Innumerables. Invencibles en su terreno. Pero esto no lo quiere ningún alma. Porque están tocadas por la sensatez. La voz divina. Lejana, pero firme. No son ideas vagas que se atrapan y se presentan por aburrimiento o despotismo, como a las moscas. Es el aliento, el susurro de una deidad, que basta. Llega a todas. Están preparadas para morir en el cuerpo desde que nacen. Prisión es la mortalidad.

Los hombres presienten su alma como aquello que les hace estar vivos y ser diferentes del resto. Como una deuda que no pueden ni podrían pagar. Es lo que les hace creer que se entregan por completo, cuando no es así. La llevan encima antes de saberlo, y con ella, la semilla de la sabiduría, que algún día brotará por fin. 

Siento que otros acertaron y aseguraron el futuro, porque he sentido verdadero regocijo esta vez. Ha sido diferente. Pensar es reformular el pasado. Drama es no poder mantener lo que nos hace sentir orgullosos. Corazones alegres, pero vulnerables. El momento es la felicidad. La porción del filósofo es la contemplación aumentada, excesiva de la fealdad o de la belleza. Explicarla es inútil, si no se puede cambiar. Pasas por encima o por debajo de mí, pero me tienes en cuenta. Como a una idea, indivisible en los dos mundos. Algo real. 

Siempre quise ser otro héroe. No me canso de imitarle. Al ideal. Al ausente. El que aún no ha fallado. El que arranca del odio y atrae al amor. El que es imposible odiar. Animal noble, divino, sí. Espíritu de otro mundo. Extraño y perfecto. Absoluto e invicto. Eterno. Todos hemos parafraseado a nuestros maestros. Poco o nada falta para imitar lo que se admira, mas que el objeto mismo y alguien que imite. El medio para contemplar su belleza, que parece innata, inmaculada. Pura. Así nace el dulce sueño de virtud que merece perdurar. Sólo por ella componemos discursos, si la verdad es el justo valor. 


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