Debo empezar pidiéndote perdón. Desde que te conocí, no he podido olvidarte. Ahora, es como si todo lo compusiera bajo tu atenta y serena mirada. Siempre estás cerca de mí. Veo tu humanidad más cerca que la de ningún otro antes. Aunque seas incómodo a veces, me has salvado la vida, con la ayuda de Dios.
Voy a cometer algunos errores y te pido paciencia. La verdad es que detesto luchar contra mí mismo. No sé cuánto podré resistir esta vez. Tengo algo dentro de mí que quiero sacar desesperadamente. Algo invisible y largo. La continuidad de mis recuerdos. No sé si son la vida misma o algo más. Eso lo descubriré algún día, si ambos teníamos razón.
Pero hasta entonces, sigue devorándome un deseo incontrolable. El deseo de compartir mis sentimientos. Mis memorias. Porque no siento que tenga nada más o que, tal vez, estas sean lo más valioso entre mis posesiones. Si pudieras escucharme, si realmente estás conmigo, tendrás que comprender esta debilidad apasionada. El fuego no puede elegir su crepitar. Persigue el aire para sobrevivir. Se agita y es su propia fuerza. Su calor que se pierde al darse por completo.
Lo que más me avergüenza de mi comportamiento y de mi tristeza, de la negación o el desconocimiento de mí mismo, es actuar como un poeta. Hablar como ellos. Empiezo a comprender por qué los desterraste. Bastó uno o unos pocos para que los demás les imitasen y abusasen de su buena fe, de su solidaridad.
Me avergüenza, digo, porque sé que todos tenemos vocación natural de poetas. Pero tenías razón, a mi parecer, al considerarlo algo peyorativo por esta razón. No quiero ser un poeta. No a la usanza de los de mi tiempo. Demasiado viles para tolerarlos. Tal vez yo soy demasiado vil ante ellos. Pero estoy entregado a la causa de amar a toda la humanidad y debo esforzarme por comprenderles. Por llegar a ser sabio algún día. Espero no haber escogido una causa demasiado alta o noble, si es que existe tal cosa.
Las palabras son toda mi vida en mis pensamientos, como las imágenes y el movimiento. Mi consuelo y mi esperanza. Lo que entra en la imaginación es real. Lo que sale de ella no. Los poetas están en las antípodas de la realidad. Desde allí, confunden a las gentes simples con su musicalidad. Siempre las seducciones del demonio, tan nuevas y tan viejas. Pero no puedo odiarles del todo, porque terminaría odiándome a mí mismo. Soy consciente de ello.
Mi vida es buena. Mía. No la de otro. No la de los desconocidos. La mía. Yo pienso que los recuerdos no se mueven. Que están ahí cuando los hemos descubierto, como lo estaban antes. Yo no sé si algún día conoceré ese primer movimiento divino en el que empezó la Creación. A veces estoy extasiado por ello. Otras, hastiado. La realidad es que ser hombre es difícil para el hombre. Los sentimientos son obstáculos difíciles de calibrar. Pero es necesaria una respuesta. No cualquiera. La respuesta adecuada.
Me esfuerzo porque mis discursos afloren alguna parte de mi alma, tal vez la más bella que yo haya conocido. Repito mi perdón por mi egoísmo y te explicaré por qué. No tengo paciencia. La poca que tenía, la destruí. El mundo es rápido, se consume y se conserva en el momento. El tiempo que me ha tocado vivir es un reto demasiado tentador. Todos nos justificamos, pero no por los demás, sino por nosotros mismos. Por nuestro amor propio.
Si la vida es un regalo inmerecido, lo es para todos nosotros. Los hombres de todas las épocas. Si es otra cosa, tal vez no sea tan relevante averiguarlo. Pero me alejo de la cuestión de nuevo. Es lo que tiene hablar como un poeta. Ya sé lo que debo imitar. El bien. Pero son simples palabras para los que acaban de empezar. Ya lo descubrirán por sí mismos.
El riesgo que corro es escribir demasiado. Mecanizar un comportamiento que deje de ser mío. Dejar de esforzarme por conocerme a mí mismo y conocer otras cosas. Alejarme de mi misión. Por todo esto mi perdón es tuyo, si quieres dármelo. Algún día, si Dios quiere, aspiraré a algo mejor que las bellas palabras y acciones, como el que ha dejado atrás los sueños de belleza que llenaron su infancia y juventud, sin que pudiera evitarlo y lo amara con todas las fibras de su ser, no sólo las visibles, sino también las invisibles.
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