domingo, 11 de septiembre de 2016

Enemigo imaginario


La sociedad no se construye. Se encuentra en el exterior, in media res, cuando ha surgido la conciencia interior, el ser concreto e inevitable. Es una especie de enemigo que no termina, con el que se coexiste, como esencia individual.  

Sólo el santo juzga con piedad. No negocia. El que piensa, lucha con fantasmas. Es decir, con aquello que parece real, sin serlo. Ciertamente, la maldad es la voluntad de apariencia. Sobre la esencia, la que se da y la que se recibe no es más que la necesaria. Todo lo que sobra, acaba volviéndose malo. Desequilibrado. La opinión es válida en tanto se asemeja y se aproxima a la verdad, tal y como es. 

La dulzura que envuelve no es completa. Acaba resbalando. Hace resbalar. Si soy espíritu, me alimento de lo espiritual. Probamos al desconocido, al enemigo imaginario de esta manera: lo ponemos a nuestra altura, reñimos. Luchamos en la imaginación. La realidad es esta: hemos sido fieles a lo desconocido, más de lo que hemos creído. El desafío continúa. El cuidado es hacia lo desconocido. 

Juzguen mi pensamiento tal y como fue. Así quiero que se imagine. Luchar contra la divinidad es la vanidad necesaria. Cuando ha surgido la conciencia, suceden dos cosas. Por una parte, lo ideal ha empezado a existir en lo temporal. Por otra, lo temporal ha viajado a lo ideal y allí, sólo ha recogido lo esencial, que es lo que trae de vuelta. Esta coexistencia se repite. 

La verdad siempre es original. Nace y da a luz. Antes de la filosofía, sólo hay sueños y expectaciones de sueño. La vida es imaginar la muerte hasta que llega. Expectación de lo desconocido. Antes de la conciencia, hay supervivencia, estructura, orden desconocido, heredado. Belleza envuelta en misterio. El pecado es como la pus. Luchar con palabras es hacerlo contra uno mismo. Salir de uno mismo es alienarse. Pero esto sólo puede suceder en la imaginación, esto es, en la conciencia. 

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