Me gusta olvidar que otros ya han vivido, sin salirse un centímetro de la vida real. Sin necesidad de haberlos conocido, bastándome por completo la especulación, a pesar de la incertidumbre. Los momentos liberales del verdadero espíritu. El que se siente imperfecto, agonizante. Moribundo. Dependo por completo de este momento. La memoria y los huesos. Soy desconocido del tiempo.
A veces, me gusta lo contrario. Darme libertad a mí mismo para hablar, para fantasear. Vuelvo forzosamente a lo cotidiano. Para volver a escapar pronto. Rápido. En cuanto puedo. No me encuentro en calma, cuando empiezo a pensar. Rebusco en mi corazón. Ninguna garantía basta. Ninguna fantasía. Ningún recuerdo. Ni el más poderoso y tranquilizador. Se resiste y escurre la vida, mientras dura. Se derrama fuera de sí misma.
Todos somos pequeños y existen los otros. Hay compañía. Hay roce y dolor. Travesuras. Penetración extraña y total. Vacilamiento y exceso. Los sentimientos son superávit de razón. La conciencia es el único descubrimiento por dentro, sin ser total ni constante. Basta lo pasajero, para los que discuten.
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