domingo, 9 de octubre de 2016

Secreto a voces


Conozco esta habitación hostil en la que meros hombres convivimos. Pero no somos el esquema ideal de un hombre, sino hombres enteros, personales. De profundidad insuficiente y dolorosa. Ciegos aún, heridos ante la profundidad. Inconstantes ante la verdad. Apasionada e irresistiblemente inquietos. Capas y capas de humanidad en el individuo, hasta llegar al alma, la esencia indivisible. Incorruptible. 

La dirección sin retorno. El inicio recto y continuo del misterio. A una deshace y forma confusiones tardías. Violenta ceguera temporal. En este lugar, la amargura parece eternamente flexible. Moldeable. Mas no se reduce ni se anula. Se multiplica más tarde. La carne por dentro es blanda y se queja, descanse o trabaje. 

Se esconde. Apura el ocio. Distrae la culpa. El mundo es vanidad. Comercio trivial y efímero. Todos los ojos miran al mundo. Nada ha salido como planeé. Ni aun lo más pequeño. Pero reconozco mi pasado como turba de tropiezos que la vergüenza humana exalta en lugar de ocultar. ¿Quién conoce su verdadero lugar, su esencia?

Franqueamos con un poco más de temor y respeto forzoso los desvíos del corazón, mas volvemos a caer. Pasión y dolor disueltos en lo invisible e inalcanzable, perdidos en el tiempo. Rescatados sólo por la memoria. No se mantiene una postura falsa por ningún tiempo. Ni siquiera breve.

Se toma la que se tiene por valiosa en lo oculto, a la expectativa de un bien inmerecido que se quiso arrebatar de todos modos. Alargar lo inverosímil hasta la fantasía y la demencia. Matar a la pasión con pasión. Ahogar, embriagar el mal con mal. Caer en la locura de la que sólo se sale con el olvido o la muerte. 

La pasión siempre pierde. Muerde y devora el comportamiento humano, por bocado de vidas enteras. No hay salvación en ella. No hay esperanza. Sino apetito y engaño. Lamento y súplica. Olvido que cura a la enfermedad para que ataque de nuevo. Como el enigma de un absurdo. Esa es la violencia que se arrastra sin dirección, insaciable. 


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