viernes, 23 de diciembre de 2016
Re-sentimiento
El mundo tiene derecho a saber que tuve miedo.
Que parloteé siempre que pude, recreándome en mi narcisismo.
En el delirio, la ignorancia y la huida de mis sueños, perdidos y encontrados.
Pues, está claro que no soy un filósofo ideal.
La ignorancia no es algo en lo que nos podamos escudar,
ni de lo que podamos estar orgullosos de ninguna manera.
Ni de lo que podamos escapar. No se esquiva, cuando ya nos ha alcanzado.
Debemos afrontar que no sabemos nada de los demás.
Que no hacemos ni podemos hacer más que imponerles nuestros prejuicios
que crecen con nuestra vejez. Y se hacen más duros. El prejuicio va antes que la duda.
Puede venir alguno y arrastrarnos con su seducción. A su terreno.
Pero la verdad seguirá siendo la verdad. Tal y como es.
No nuestro sueño o nuestro deseo. No nuestra exageración o nuestra excusa.
No nuestra desmedida, ni nuestro crimen.
Sólo la verdad y nada más.
Hasta hablar de ello, hasta insinuarlo de la forma más remota es peligroso,
en el sentido estrictamente moral de la palabra, si no se está dispuesto a ser
honesto con todo el corazón. Hablo de un intento humano. El único intento de nobleza.
El brillo que se distingue en la oscuridad. Y que, si varía, se persigue con la vehemente
mirada del alma, que siempre la busca. Con completa desnudez interior.
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