Publicar es menos valioso que antes. Hoy, todo el mundo publica todo. Antes, por motivos evidentes, esto no era así. Era mucho más difícil llegar a la gente. Más valioso y arriesgado. Esto ha cambiado con la tecnología y el desarrollo humano. Las publicaciones se han convertido en un espacio que rellena el ocio de los individuos. La recreación de sus fantasías, de las más civilizadas a las más bizarras.
Estoy profundamente conmovido por este hecho. Pienso que mi aportación al respecto es muy pequeña, pero me siento humanamente incapaz de no contribuir a este supuesto desarrollo. Es la señal de una época. Las frases yo también quiero o parte del pastel, resuenan en mi cabeza, disfrazadas de extrañas y locas frivolidades. Pero en el fondo es algo muy sencillo.
Yo opino que este fenómeno ha sido traumático para los órganos de poder y, por ende, para los órganos de poder mediático que estos poseen. Por tanto, ante la proliferación de contenido digital, tanto útil como absurdo, ha habido un extraño proceso de simbiosis. Ha quedado claro que el público es la verdadera estrella. El consumidor. El perdedor. El que quiere comprar la sensación del anuncio, arreglar su vida, ser su contrario y no sufrir más.
Creo que vivimos tiempos de altísima competencia. Sin embargo, por otra parte, pienso que ha habido una apertura o adelantamiento hacia un paraje desconocido que se ha abarcado con delirancia. Esto me preocupa mucho. Pienso que le doy demasiada importancia y desconozco la verdad de los hechos profundos.
Lo que intento señalar es que hoy tenemos más medios que nunca para reconocer que no tenemos el control y que somos vulnerables. Que todo lo que procede de lo masivo es mentira, ya que lo que no está envuelto de espectacularidad, como ha sido a través de la historia hasta el momento, parece tener poco o ningún valor para el gran público.
Quizá el problema que me preocupa en realidad es mi gran prejuicio antropológico acerca de la naturaleza humana, de nuestras intenciones y de la imposibilidad de cambiar nuestro destino, la repetición de las virtudes y defectos de nuestros antepasados en el devenir histórico.
Pero basta de meras palabras. En mi caso, me siento interpelado por una especie de coacción o totalitarismo que me somete y me exige que me convierta a esta nueva religión fanática que consiste en venderse, antes que en ser, para no quedarse atrás. Para no ser un pariah, un intocable, alguien que no existe, por decirlo así. Es la hora de hacer un papel vergonzoso. Es algo que no comparto y que me aterra. Ardo en deseos de saber si estoy acorralado como llego a sentir en momentos de puro desmoronamiento emocional.
Simplemente, quería dar mi percepción acerca de este asunto y lamento que tantas palabras puedan no aclarar nada acerca de lo que quería describir. Si a alguien le ha podido resultar interesante, me alegro por ello.
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